
Hace un par de días el aeropuerto de Buenos Aires vivió un incidente extraño, pintoresco y casi surrealista. Todo empezó cuando los mozos de equipaje de Iberia se disponían a hacer su trabajo y cargar la bodega de uno de los vuelos a Praga programados con escala en Madrid, descubriendo que una maleta gigante se movía.
Entonces dieron aviso a Seguridad Aeroportuaria, que se hizo cargo del bulto. Con algunos problemas, dadas las enormes dimensiones que tenía, lo trasladaron hasta el escáner para auscultar su interior; mientras tanto se buscó y localizó al propietario, un viajero llamado Karel Abelovsky, en la cafetería.
Cuando retornaban todos junto a los agentes, éstos ya habían empezado a abrir la maleta; se llevaron un buen susto porque Abelovsky les gritó que tuvieran cuidado. Y es que dentro había varias cajas de plástico conteniendo centenares de reptiles de todo tipo. Clasificados por especies, cada una en su caja perfectamente etiquetada, los zoólogos avisados contaron 10 boas constrictor, 8 víboras y 200 animales más pequeños. Todos vivos y coleando.
Abelovsky fue arrestado y acusado de contrabando -los ofidios procedían de Argentina, Brasil y Chile- y delito contra la salud pública, ya que las víboras eran de las especies cascabel y yarará, muy venenosas y para las que no hay antídoto en Europa. El juez le impuso una fianza de 340.000 pesos (68.000 euros) mientras los animales eran enviados al zoo bonaerense. Su valor económico se calcula en 17.000 euros.

















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